La Mar Quiere a los Cobardes

Hace más tiempo del que consigo recordar, mi abuelo me traía a este lugar. Donde la mar rompe con fuerza, allí donde la voz del viento, ya sea con su susurro más débil o su bramido más aguerrido, enciende las llamas que avivan nuestros corazones. Aquí en este verde prado, este viejo faro alumbra nuestras esperanzas en las frías noches. Él da luz a nuestras vidas, ilumina nuestros sueños y vela, cual guardián en la oscuridad de la noche, por nuestros seres más queridos.

Garante de los hombres que llevan escamas por piel y cuya sangre es salada como las aguas de este inmenso mar, aguarda, impaciente, la llegada de los barcos a buen puerto. Al oeste vela en mitad de la oscuridad por las naves que van en busca del puerto de Santander. Al este, guía a las embarcaciones hacia el muelle Santoña, los amarraderos Laredo, el cay y contracay de Castro Urdiales. También, desde lo alto de su cúpula vigila con celo la llegada de nuestros marinos a los fuertes diques y dársenas del Superpuerto de Bilbao.

Vigía de más allá de estas verdes montañas permanece erguido a sesenta y tres metros de altura sobre los abruptos acantilados que, hambrientos, desean engullir las viejas tablas de nuestros veteranos barcos. Con sol, con lluvia, con viento, truene, granice o se ilumine el cielo al relampaguear centelleante de rayos y relámpagos, permanece impasible con sus treinta y siete años que pesan en su haber. Los mismos que tiene tu padre a sus espaldas.

Ha contemplado estaciones de todos los colores. Días grises y sombríos del duro invierno, la paleta arcoíris de la bella primavera, los tonos cálidos del verano y las pinceladas ocres del otoño en el que ahora nos encontramos. Ha sentido incuso en su propia piel el frío abrazo de un pequeño manto de nieve.
Antes que él, nieta mía, hubo otro. Trabajó sin descanso durante cincuenta años, y al igual que a mí me sucedió fue relevado por su propio hijo. Ambos continúan con el deber familiar; tu padre, en las arduas artes de la mar y el joven faro como guardián del norte.

Oyes eso, esa voz que acompaña a la del viento. Oyes el ulular lamento del viento. Escuchas que con sus silbidos juega entre las rocas. Presta atención a esta melodía que hacen las olas al romper sobre los acantilados en los que nos encontramos. Es la mar, nos está llamando. Sí, a los dos, nos llama. Nos embriaga con su aroma a sal, nos engaña con melodías hermosas. Sus notas son como espinadas rosas, acordes con notas anzueladas que se cuelan por nuestros oídos hasta alcanzar el corazón. Así nos pescan, nos atrapan con el sedal invisibles de esa demoniaca sinfonía. De ese modo conquistan nuestra propia alma y nos arrastran con cada vez más fuerza a las entrañas de la mar.

La mar… quiere a los cobardes decía mi abuelo, porque a los valientes ya los atrapó muy adentro, en sus entrañas. La mar quiere a los cobardes decía… y que razón tenía aquel viejo lobo de mar. La mar trae auténticas fortunas, pero has de tener cuidado con ella, sobre todo en los temporales, en los tiempos de imprevisibles y peligrosas galernas, en la negrura de la noche o en las cegadoras brumas y nieblas.

La mar busca entre todas las gentes. No distingue de color, de raza o de religión. La mar nos llama… nos embriaga con sus cantos, con sus bellas sirenas y todas las criaturas mágicas que alberga en sus aguas. Más de un marinero ha sucumbido a sus encantos. Incluso, cautivado por sus cantos, que se escuchan hasta en Liérganes, el Hombre Pez río abajo ha bajado. Ha sorteado innumerables peligros, se ha enfrentado a remolinos y ha esquivado todas las rocas del río Miera. Una vez alcanzada la mar nadaba hasta las Ojeradas para escuchar esa voz que le tenía enamorado, el dulce canto de las olas y las sirenas.

¿Las Ojeradas? Sí, pequeña, esas rocas en las que tú solías jugar, esas que son como dos grandes ojos que miran noche y día a la mar. Hay quien dice que son los ojos de un demonio que, de tanto atrapar barcos con sus redes de arrecifes espinados, quedó allí varado. Enredado por sus propios aparejos se quedó allí atrapado, para siempre jamás.

Más seres mágicos habitan por las aguas de esta bella tierruca. Con alas grandes, verdes, muy verdes, los ventolines cuidan de los viejos pescadores en la mar, les abrigan con sus alas cuando hace frío y les ayudan a recoger las pesadas redes llenas de peces. Estos geniecillos, tan traviesos como tú, de ojos verdes como los de tu madre, viven sobre la mar en las nubes rojizas de poniente, allí a lo lejos sobre el horizonte.
Otros seres viven en aquella oscuridad y negrura del noroeste. Los llaman núberos. Son perversos y malvados, por eso hemos de tener cuidado con ellos, y a pesar de ser unos geniecillos diminutos, una vez que se montan en aquellos nubarrones no hay ser que los detenga, pues son ellos quienes provocan las temidas galernas y tempestades.

Hoy parece que están dormidos, pero no les quites ojo, pues al menor descuido cabalgando sobre las nubes se lanzan a por nuestras naves, llevándose para siempre a nuestros marineros hasta las profundidades del mar.
Muchos vestidos de colores posee la mar. Rojos anaranjados, colores que emanan fuego al ocaso; azules, aguamarinas, turquesas de aguas cristalinas; verdes, multitudes de verdes que combinan entre el tono de los prados y las gemas tintadas color esmeralda que forman los embates de la mar; los grises de los arrecifes sobre los que rompen los sueños de las olas antes de evaporarse en forma de blanca espuma; el manto negro de la noche, con sus increíbles vestidos de gala, a cada cual más hermoso, a cada cual más luminoso y precioso; y como complemento, muestra su lucero colgante en cuatro formas de luna. Estas son las pinturas que configuran la variopinta paleta de colores del cielo, la tierra y la mar.

Tal es su exuberante belleza que más de un osado hombre se la ha intentado robar. Por intentar desvalijar tales fortunas a más de uno se le ha escapado la vida. Unos fueron cruelmente engullidos por las aguas embravecidas, otros pocos se perdieron en su inmensidad por toda la eternidad, otros nadaron, con fuerza, esperanza y valor, para morir sobre la arena de nuestras blancas playas, y a los más ambiciosos, les dejó vivir, pero a cambio encerró su alma en una botella que navega a la deriva.

Mientras sus mujeres permanecían en tierra, reparando las redes, acarreando sardinas y realizando conservas. Guardando la casa, criando a sus hijos con mucha más fuerza que cualquier tormenta, galerna o embate de la mar. Ahora muchas de ellas acuden a esta llamada. Ahora sois vosotras las que acudís en busca de cantos de olas y sirenas que emergen desde los abismos de la mar.

Por eso, recuerda, la mar quiere a los cobardes, porque a los valientes, como dijo hace mucho tiempo mi abuelo, ya los tiene bien agarrados y reposando en el fondo, en sus entrañas.
Que quienes son los cobardes. Sabes quienes son cobardes, son hombres como yo, como tu padre… hombres de mar a la cuál le tienen muchísimo respeto. Hombres curtidos en estos duros oficios, temerarios de perderse entre las aguas y no volver a pisar tierra. Yo he sido, y todavía soy, un gran cobarde, temerario de las tormentas, pero a la vez enamorado de mi duro oficio, soy un apasionado de la mar.

Yo, querida niña, he tenido la gran suerte de haber sido patrón de barco. Mi nave se llamaba Tormenta. Pescaba junto a otra embarcación llamada Galerna juntos esquivamos los escollos de la costa, y gracias a este faro evitamos encallar y naufragar en más de una ocasión. El faro de Ajo, como guardián del norte, junto con el vigilante faro de Cabo Mayor al occidente y la luminaria del Pescador al oriente cuidaban de nosotros en las frías y oscuras noches. Pero estos faros no siempre estuvieron allí.

Antaño en la época de los barcos de vela, los botes de remos y las traineras, existieron muchos hombres valientes que se aventuraron a la mar. En las artes de marear eran conocidos los pescadores, los pilotos, los lemanes y los talayeros.

Todos oficios muy antiguos. Los pescadores traían, arriesgando sus vidas, el necesario alimento para nuestros hogares. Los pilotos manejaban diestros las naves hacia la fortuna de ultramar. Los lemanes nos conducían, como lo hacen hoy en día los estibadores y los prácticos, hacia el atraque en un buen puerto. No hace mucho tiempo, arrastraban remando ría arriba nuestros barcos hasta mismo puerto viejo en centro de Bilbao.

Animando con sus cantos a nuestros fuertes remeros que con sus traineras arrastraban aquellos majestuosos veleros cantaban alegremente las sardineras desde a Santurce a Bilbao por toda la orilla, con falda remangada luciendo la pantorrilla mientras llevaban la pesca al Mercado de la Rivera.

Los talayeros, cuyo trabajo era de los más importantes en este oficio, velaban por todos los hombres de la mar. En todos los lugares de la costa del Cantábrico, allí donde hay un puerto, existe un trozo de tierra o una loma que recibe el nombre de atalaya. Castro Urdiales, Laredo, Santoña o Santander tienen un lugar que se llama así. Allí se encendían hogueras para iluminar y guiar a los barcos de nuestros antepasados a casa. Esa heroica tarea que realizaban los talayeros, que eran algo así como los fareros en la Edad Media, era fundamental para que nuestras familias una y otra vez pudieran volver a juntarse.

También eran los guías en la mar, que con sus candiles alumbraban el camino en las salidas tempranas a trabajar, y velaban por nuestros marinos cuando el sol se echaba a dormir. Sabían leer las nubes, el viento, y conocían cuando se acercaban la mala mar y las tormentas. Son los verdaderos héroes olvidados de nuestra historia. Ellos y sus mujeres.

Pasó el tiempo y las viejas talayas, torres de madera, se fueron transformando en piedra, cada vez, más y más altas, hasta que finalmente se transformaron en faros que guardaban en la noche a nuestros hermanos del mar.
El padre de nuestro amigo faro fue el primero en estar aquí, en el Cabo de Ajo. Le mandaron vigilar esta franja de mar después de que tres barcos quedaran atrapados por estos imponentes acantilados y sus pobres marineros murieran ahogados al ser engullidos por las aguas.

Aquí estuvo trabajando sin descanso hasta que le tocó retirarse y le sucedió su hijo. Solamente una sola noche no trabajó, tuvo que cerrar sus ojos durante unas cuantas horas para no ver el horror que la guerra nos causó. Fue durante nuestra triste Guerra Civil. Esa en la que todo el mundo se volvió loco.
Se mataron hermanos entre sí, se destruyeron hogares y familias enteras… esa guerra que nos empeñamos en enterrar en vez de recordarla para que nunca más vuelva a repetirse.

No nos pongamos más tristes porque si no, vendrán los trasgus, trastolillus, trentis y tentirujus a hacernos toda clase de trastadas, y lo peor de todo se las harán a nuestros amigos fareros, los antiguos talayeros. Sin ellos, sin el faro, estaríamos todos perdidos en la negrura de la noche, cegados por las tinieblas, la oscuridad, a merced de las corrientes y mareas, solos ante el peligro de las rocas que hacen zozobrar nuestras naves. El faro y sus fareros, oficio ya casi desaparecido, en peligro de extinción diría yo, como los rinocerontes que vemos juntos por la tele.

Ya no quedan héroes, no quedan valientes, solo quedan aquellos cobardes como nosotros, que, embriagados por el perfume salado de la mar, arriesgan sus vidas por salvar a otros. Cobardes, como lo es tu padre… tan cobarde que ahora mismo está exponiendo su existencia a bordo de una nave de Salvamento Marítimo para socorrer la vida de aquellos a punto de convertirse en permanentes valientes atrapados por la mar.

Cobarde… como tu madre que aguarda trabajando con ojos vidriosos, mientras espera la llegada de tu padre a buen puerto. Esos ojos verdes que encerraron al mar hace mucho tiempo. Se hizo dueña de él, y si hubiese nacido en estos tiempos incluso se habría echado a la mar.

No la dejaron, ¿sabes? sus padres, sus abuelos… Todo el mundo se oponía a ella. Una mujer en la mar, ¡Jamás! Dijeron muchos. ¡Que equivocados estaban! Lejos de acobardarse, la cobarde de tu madre se hizo valer recorriendo los muelles. Acabó siendo la dueña de una compañía naviera.

Allí estaba siempre ella, con su pelo moreno en forma de viento y ataviada con aquellos hermosos vestidos de tonos rojizos. Se los ponía solo para destacar, para resaltar entre aquellos tonos azulones de las rederas, sardineras y trabajadoras de las fábricas de conservas. Todas ellas grandes mujeres que la miraban con una extraña mezcla entre admiración y envidia.

En aquellos muelles se conocieron tus padres. Sus ojos curiosos se encontraron mientras ella contemplaba sus naves y el regresaba tras un viaje que resultó un tormento. Sus miradas apenas se cruzaron más de lo tarda en romper una ola, y sus corazones latieron al unísono como el sonido que producen tras morir mansamente en la arena de la playa. Lo demás, ya lo sabes, es pura magia.

Siéntete orgullosa, nieta mía, de tu sangre marinera, del salitre que corre por el torrente de tus venas, de que tienes escamas en vez de piel, branquias en vez de pulmones, de que nadas más rápido que cualquier sirena. Orgullosa de que tus azules ojos puedan interpretar los variados colores de la mar, de saber leer y cazar los vientos, de dominarlos y domarlos como la diosa de las tormentas, pero sobre todo pertenecer a un linaje cuya esencia principal es una cobarde valentía que sentimos aquellos que estamos encadenados al mar.

Siente como se encoge tu corazón con cada arrullo de las olas, siente su fuerza rompiendo frente a los acantilados, siéntelas crecer frente a tu playa favorita, la playa salvaje de Berria. Siente su olor a sal, escucha su voz cada vez que cabalgues sobre cada ola… te llama a ti, ¡Cobarde!, ¡cobarde!

La mar te quiere a ti, una cobarde más entre hombres y mujeres que acompañan a tu padre. Una cobarde rodeada de valientes que se creen más solo por el hecho ser hombres. No hagas caso a lo que digan, no tengas miedo, persigue tus salados sueños como lo hizo en sus tiempos mozos tu ama.

Si de veras es lo que deseas, se una cobarde a la que se aferren hombres y mujeres como un cabo de luz esperanzadora. Socorre y Auxilia a aquellos que hoy en día se encuentran trabajando en la mar. Se lo que quieras ser, yo estaré, junto al resto de la familia, hasta el fin de mis días, apoyándote. Se lo que te dicte el corazón. ¡Escúchalo! Se un cabo de luz como son los faros, un cordón invisible que nos ayude a regresar a tierra librándonos de las garras de la mar.

Haz lo que dicte tu corazón y conviértete en la cobarde capitana más valiente de todos los mares, porque, recuerda, la mar quiere a los cobardes, a los valientes ya los atrapó en sus entrañas.
Marchemos ya, que tu viejo aitite empieza tener frío.

 

(2018) Relato Finalista del XIV Concurso José María Portell en narrativa castellano

Imagen: Álvaro Cartagena

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Álvaro Cartagena

Nacido en la Villa Marinera de Santoña (Cantabria) en 1984, pero afincado en Barakaldo (Vizcaya) comenzó sus andaduras en el mundo de la escritura cuando apenas tenía 17 años.