Lápiz y Papel

Lápiz y Papel se conocieron en una noche fría y oscura. Lápiz y papel estaban siempre tristes, el uno se sentía vacío, blanco y solo, mientras el otro lloraba desconsolado mientras veía como su negra mina quedaba reducida a la nada.
La vida de Lápiz era una mera existencia, se desgasta, se consumía y pronto no quedaría nada que perdurase para su recuerdo, nadie le lloraría, ni tampoco honraría su memoria. Papel se sentía solo, un trozo de celulosa rectangular que se creía parecido, ya fuese por finura o por su utilidad, a la papelina de fumar o al rollo que se encuentra en el baño.
Lápiz y Papel se miraron fijamente, se compadecieron el uno del otro, e intercambiaron impresiones. Allí, en la soledad de aquella fría noche, con una tenue luz como testigo se hicieron el amor. Lápiz recorrió suavemente el cuerpo de Papel, sobre el dibujaba figuras de caricias con sus labios de negra punta. Papel, extasiado, disfrutaba con esa nueva forma de amar que estaba conociendo. La soledad es una carga muy triste para cargarla sobre los hombro de uno mismo pensó mientras comenzaba a dejarse querer.
A Papel le gustó la experiencia, a Lápiz le resultó una relación satisfactoria, los dos estaban felices y contentos. Un buen día la punta de Lápiz se rompió, las cosas entre ellos no iban bien. No tiene más importancia pensó, mientras me recupero a Papel le dará más tiempo a darse unos baños de goma y entonces volveré a hacerle muchas más caricias.
La herida de Lápiz pronto curó tras un doloroso proceso de sacar punta, pero cuál fue su sorpresa cuando vio sometido a papel a las caricias de una pluma.
Lápiz destrozado no volvió a pintar más sobre ningún papel, pero Papel cuando terminó su idilio amoroso con la pluma quedó marcada por la fría tinta de esta. La pluma no era tan buena ni precisa como lo había sido Lápiz, ni le volvería a acariciar con sus besos, pues la pluma cambiaba de papel como el viento cambia de dirección.
Así pues Papel pagaría eternamente en su cuerpo las marcas de su engaño. Lápiz y Papel no se volvieron a encontrar, Lápiz al final no se consumió mientras se pudre aburrido en un rincón, papel envejece en el otro extremo de la habitación sin sentir las caricias de nadie.
Lápiz y Papel, Papel y Lápiz, condenados como muchas personas a vivir sin poder ni saber amarse.

Imagen: Álvaro Cartagena Vega

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Álvaro Cartagena

Nacido en la Villa Marinera de Santoña (Cantabria) en 1984, pero afincado en Barakaldo (Vizcaya) comenzó sus andaduras en el mundo de la escritura cuando apenas tenía 17 años.